LA PERRILLA ENCANTADA (IV)

leon
IV.
Al ingresar el grupo la puerta se cerró, quedando todo a media penumbra. Impresionados escucharon el grito que había lanzado la perrilla cuando la encontraron, multiplicándose y expandiéndose por todos los rincones como en una marcha fúnebre:

-Aaaaayyyy….aaaayyyy…aaayyyyy.

El pastor instintivamente empezó a rociar agua bendita por todos lados. María le dijo:
-Así no pastor, pongámonos de rodillas y digamos todos La Magnificencia. Todos cayeron de rodillas y dijeron la plegaria:

“Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador, porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí. Su nombre es Santo y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación.

Él hace proezas con su brazo, dispersa a los soberbios de corazón. Derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes. A los hambrientos los colma de bienes y a los ricos despide vacíos.

Auxilia a Israel su siervo, acordándose de su santa alianza según lo había prometido a nuestros padres a favor de Abrahán y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo como era en principio ahora y siempre por los siglos de los siglos.
Amén.”

A medida que el grupo pronunció la plegaria los gritos se reducían hasta extinguirse totalmente. Entre las sombras contemplaron el espacio en que se encontraban. Era un salón amplio de cuatro lados y cada lado tenía una puerta. El notario dijo:
-Pronto llegará la noche y no trajimos conque alumbrarnos.

María escudriño por todos los rincones y con emoción gritó:
-¡Miren allí!

Todos observaron hacia el sitio que indicaba María y vieron cuatro candelabros con sendas velas. El notario dijo:

-Menos mal que siempre cargo mi encendedor para mis cigarros, ya los enciendo.

El notario sacó el encendedor y prendió los cuatro candelabros. Cada uno tomó un candelabro entre sus manos a excepción del pastor y María dijo:

-Antes de iniciar la búsqueda del secreto que este castillo guarda, por favor el profesor de historia que nos cuento todo lo que sabe de este sitio.
El grupo dejó los candelabros a un lado sobre el piso y se sentaron alrededor del profesor de historia que con voz firme y pausada dijo:

-Se dice que El Castillo de la Ensoñación se construyó hace más de 500 años. Lo llaman así porque nunca lo han podido restaurar y se mantiene siempre de la misma forma, pero en todos los siglos han querido restaurarlo, enviando comisiones de obreros, arquitectos e ingenieros, fracasando todos en el intento, porque todos los que vienen se suicidan, se calcula que en esos intentos se han suicidado casi 100 personas, que se sabe entraron vivos y fueron encontrados después desangrados, con las venas cortadas, se cree que es así porque algunos tenían entre sus manos armas u objetos con los que se cortaban las venas.

Al terminar su relato el profesor de historia, el notario se levantó del sitio en que estaba y empezó a lanzar alaridos, con rictus extrañaos en su cara y a decir:
-La sangre…la sangre…necesita ahora salir de mí…por favor no quiero suicidarme pero la sangre me llama…me llama…pastor ayúdeme, no repetí la plegaria…ayúdeme…
El resto del grupo contuvieron al notario por los brazos, él cayó de rodillas y decía:

-Pastor otra vez repita la oración, no quiero suicidarme…pero algo me dice que lo haga oh no…

El pastor roció agua bendita sobre el cuerpo del nortario y empezó a decir la Magnificencia, todos la repitieron y el notario con voz más fuerte también lo hacía y al fondo de sus voces se escuchaba una risa macabra que les erizaba los pelos:
-Ja ja ja ja…juiiii juiiii…

Terminaron de decir la plegaria, la risa ceso y un profundo silencio se apoderó del sitio. El notario se levantó diciendo:
-Ya todo pasó, por mi maldita incredulidad no quise decir la plegaria la primera vez y ya ven lo que pasó, era como si mi sangre se rebelara queriendo salir, pidiéndome que me suicidara.

El alcalde se dirigió a María:
-¿Este es el secreto? Qué todo el que entra quiere suicidarse…
María todavía impactada con lo que le pasó al notario balbuceó:

-El secreto es la confesión de la duquesa de haber asesinado a 7 niñas en una ceremonia satánica para bañarse con la sangre de ellas y querer siempre estar joven, hace 500 años. Ella no fue una duquesa generosa como se cree, fue una asesina y hoy estamos nosotros aquí para descubrirlo. El secreto está guardado en un cofre en el salón que se encuentra detrás de su trono en la plaza de armas, vamos a buscarlo.

La noche había llegado y gigantescos murciélagos revoloteaba sobre la cara de los visitantes. Cada uno tomó un candelabro entre sus manos a excepción del Pastor y empezaron la búsqueda de la Plaza de armas, el pastor repetía La Magnificencia y rociaba aguan bendita por todo el camino.

Buscaron y buscaron, perdiendo la cuenta de cuantos salones recorrieron con la misma característica: cuatro lados, en cada lado una puerta y sobre las paredes imágenes al óleo con el rostro de la duquesa y en sus labios una sonrisa maligna. Era como si ese salón de inicio se multiplicara infinitamente.

Cuando se aproximaba la medianoche el grupo cansado se detuvo. María les dijo:

-Es hoy, solo hoy que tenemos para descubrir el secreto, si pasa la media noche y no lo hemos hecho a todos nos dará deseos de asesinarnos y no saldremos vivos de aquí. Tenemos que encontrar esa Plaza de armas. Ensayemos un camino nuevo, cojamos ahora hacia el Oriente.

María se adelantó al pastor y entró por una puerta que estaba al Oriente, el grupo la siguió y con alborozo al cruzar gritó:
-¡Al fin aquí está la plaza de armas!

Todos corrieron para cruzar la puerta y al instante se escuchó el rugir de leones, llenos de pavor se juntaron para enfrentar el peligro, los cuerpos temblorosos uno junto al otro. Buscaron para ver de dónde partían los rugidos de los leones. Dirigieron la mirada hacia una esquina de la plaza de armas, iluminada completamente por la luna, casi puesta en el centro del cielo y descubrieron el trono de la duquesa y ahí de cada lado de su silla había sentado un inmenso león, los que al darse cuenta de la presencia de los intrusos levantaron sus troncos y patas delanteras, golpearon el piso, miraron al cielo y rugieron con más fuerza como preparando la embestida en busca de la presa.

(Continuará: Capítulo V, último, mañana domingo de resurrección)

Mario Ramón Mendoza

 

 

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