CONDENA AL CENADOR CORRUPTIÓN

Mientras termino un escrito sobre la corrupción en Colombia, comparto un relato que hoy está incluido en mi libro de cuentos EN LA LOMA DEL MUERTO, y que escribí hace muchos años. Sirva esto de introducción.

Mario Ramón Mendoza

corrupcion

CONDENA AL CENADOR CORRUPTIÓN 

Los juicios del Tribunal del Pueblo se han trasladado a la fría y gris ciudad de Bogotá. En plena plaza de Bolívar, al frente del Capitolio, se ha improvisado una mesa desde donde el juez Justialgarete ordena, regaña y dicta sentencias. Sobre la mesa del juez, en todo lo alto del Capitolio, en un pasacalle, se puede leer: El Tribunal del Pueblo no falla porque no falla.

La plaza de Bolívar está de bote en bote. De repente, la muchedumbre se agita y al fondo aparece el investigador Pueblito. La gente le abre paso y hace su entrada tirando de una cuerda a un señor de cara pálida y regordete. El investigador viene con su habitual sombrero vueltiao, vestido con camisa a cuadros y abarcas tre´ puntá. A medida que avanzan el investigador y su acompañante, se puede contemplar con claridad que el regordete lleva varias cuerdas amarradas a su cintura y arrastra de ellas: una cabeza de ternero, una cola de caballo, una teta de vaca, una gallina, una cabeza de sábalo y una cabeza de marrano.
Cuando el investigador llega a la mesa del juez, de su hombro derecho salta una lora, que agita sus alas y empieza a gritar:

– ¡Justicia!¡justicia! ¡para corruptión!
El juez golpea la mesa algo indispuesto y dice:

– ¿Qué pasa Pueblito? ¿por qué me trae a ese hombre con todas esas colgarejas si todavía no lo hemos condenado?

El juez no puede continuar porque Pueblito se le subió a la mesa y empezó a arengar a la muchedumbre:

– Señores representantes del país: ¿cómo es posible que este señor juez no sepa que este tipo es un Cenador…Senador con C? dizque lo nombraron para ser un Senador de la República y resultó ser un comelón, ¿cómo es posible, señor juez, que usted no sepa que este honorable caballero, que se quedó corruptión, ya que nunca fue capaz de pronunciar correctamente corrupción, sino corruptión, quebró cinco empresas de energía eléctrica, cinco empresas municipales de agua, ocho hospitales y después él mismo las compró a precio de gallina flaca y hoy le vende los servicios de esas empresas a la comunidad cien veces por encima de lo que costaban antes, y la comunidad lo sigue eligiendo? ¡Huevones! ¡Huevones!

El juez le interrumpe y dice:

– Por favor Pueblito, deje esas groserías.

El investigador objeta:

– Si señor juez ¡huevones!, ¡huevones de la cabeza! ¿Cómo se les ocurre seguir eligiendo a los que los están banderillando? ¨Pero esta vez sí se jodió. ¿O no, señor juez? No me diga que le van a temblar las chácaras.

La muchedumbre se estremece y agita banderas y se escucha un sólo coro en la plaza:
– ¡Justicia! ¡justicia para corruptión! ¡Que se le condene, que se le condene ya!

El juez golpea la mesa con un martillo de madera y dice:

– Sí, señores, claro que hay que condenarlo, claro que todos lo conocemos, claro que se pasó de piña, pero tenemos que escucharlo. Este tribunal se caracteriza por su imparcialidad, por la transparencia de sus actos.

La plaza queda en un silencio sepulcral. El Senador sube a la mesa y dice:
– Señores: yo soy un ciudadano ejemplar −la muchedumbre silba− no sé por qué me han puesto ese nombre de Corruptión. Yo nunca he vivido de la corruptión. Si lo que he hecho es meter a trabajar a mucha gente en el estado, poner a vivir a muchos arrutanados. ¿Qué culpa tengo yo de que las empresas de esos municipios funcionen mal y quiebren y después yo tenga platica para comprarlas? No puede ser problema hacer negocio con el estado. Todos mis negocios son limpios y transparentes.

La lora, parada en una de las astas que está a un lado del Capitolio, empieza a gritar:

– ¡Ladrón¡ ¡Ladrón! ¡Condenen al ladrón!
El Cenador, indignado, echa mano a la teta de vaca que arrastraba, sin acordarse de que la tenía amarrada a la cintura, y la tira a la lora, pero con la misma fuerza se le regresa y le golpea la cara. La lora revienta en una risotada y dice:

– ¡Chupa Cenador!¡chupa Cenador!

El Senador estalla en sollozos y exclama:
– Está bien, lora del carajo: sí me cogí unos pesitos, ¿y es que no tengo derecho? Todo el tiempo haciendo política, no puede ser gratiniano.

La muchedumbre, orquestada por la lora, grita:

– ¡Ladrón! ¡Ladrón !Condenen a Corruptión.

El juez golpea la mesa y dice:

– Está claro: este es un ejemplo bien ilustrativo de lo que pasa con nuestros políticos, por ello a este señor lo bautizaron Corruptión. Yo sé que cualquiera de ustedes podría aportar no una, sino muchas pruebas contra él. Este es un juicio aleccionador, porque aquí siempre a los corruptos los premian con cárceles de cinco estrellas o les dan las casas por reclusión. Señores y señoras, señor investigador −el juez golpea la mesa con el martillo y continúa−: este honorable tribunal profiere la siguiente sentencia contra el Cenador Corruptión, al encontrarlo implicado en grandes robos al tesoro público, sobornos, alianzas con paramilitares, desfalcos y peculados. El Cenador Corruptión deberá pagar en la isla prisión de Gorgona una condena de cárcel indefinida, hasta que llegue  la Nueva República. El Cenador en esa condena deberá desayunar pan con agua, almorzar agua con pan y cenar pan con agua ¡y más na! El Cenador Corruptión será quien se dedique a imprimir los billetes que necesite el Banco de la República. Todas las riquezas de Corrupción serán invertidas en bronce para hacer las estatuas que se requieran, con su rostro, y ponerlas en distintos sitios de las ciudades del país. La efigie deberá aparecer rodeada con cinco tulas llenas de monedas y billetes con Corruptión contando los billetes, y un letrero en el pedestal que diga: Así terminó Corruptión. Señores y señoras: comuníquese y cúmplase.

La Plaza de Bolívar queda fundida en un coro que va creciendo rapidito y retumba en las paredes del Capitolio:

  • ¡Se acabó, se acabó, se acabó Corruptión!

Publicado en el periódico Nuevo Poder, en su edición número 14  de  diciembre  de  2002,  en  Barranquilla.

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