JUAN JOSÉ NIETO NO ESTÁS SOLO

Con celeridad, fortaleza y lealtad, avanzamos en los preparativos para la presentación de la segunda edición del libro EN LA LOMA DEL MUERTO, el día 18 de julio en la ciudad de bogotá, cuando se cumplen 151 años que Juan José Nieto dejó de ser presidente de Colombia.

Uno de los hechos a destacar en esta preparación, fue la realización de la asamblea de constitución de la Mutual Nelson Mandela, que nace con una buena base social de comunidades afrodescendientes. Es de destacar la presencia en el evento de integrantes que viajaron durante dos días desde Vigía del Fuerte, Urabá, con el liderazgo de Jesús Quinto.

Foto mutual mandela

Socios fundadores de la Mutual Nelson Mandela, el 7 de julio de 2016.

La Mutual eligió por unanimidad su junta directiva y junta de control social, quedando de presidente Pedro Ferrin y vicepresidente Rafael Duque, dos destacados luchadores por los derechos humanos y el reconocimiento de las comunidades excluidas.

Una de las conclusiones fue la de seguir luchando por el reconocimiento de la memoria de Juan José Nieto en la historia Nacional, cuando las practicas racistas y excluyente no han permitido que su foto figure en el lugar catorce que le pertenece, en la galería de los presidente de Colombia, siendo presidente, general de la República, precursor de la novela nacional y gran estadista que llevo a que fuera distinguido por el congreso de Colombia en el año 1865 con la espada de honor, que se sepa es el único presidente del país que ha recibido tal distinción.

Otro hecho importante queridos amigos, es el aporte del artista plástico español, Diego López Granados, que pese a sus compromisos y estar tan distante logró hacer los arreglos correspondientes, para darle los tonos de originalidad al rostro de Juan José Nieto, que un día blanquearon las élites racistas y excluyentes.

La presentación de la segunda edición de EN LA LOMA DEL MUERTO el 18 de julio será toda una sorpresa e invito a los que siguen este blog a estar al tanto. Hoy quiero compartir uno de los cuentos del libro:

caratula en la loma

Nueva portada de la segunda edición de EN LA LOMA DEL MUERTO, obra del artista plástico español Diego López Granados.

Mario Ramón Mendoza

EL ALMA EN EL CIELO

A todo el personal de la radio.

Todas las noches desde hace algunos meses, tiene lugar un singular encuentro entre el locutor de radio Martín de las Aguas y una mujer. Puede ser en cualquier momento, pasadas las doce de la noche, cuando él hace sonar por las ondas hercianas la canción  Amor en el aire.

Luego de esa hora, en cualquier instante, el locutor mentalmente repite la melodía y es como si una rosa fresca se abriera entre los rayos de la luna y las gotas de rocío “…Amor en el aire…que nació del aire…que vive del aire”. Segundos después, o minutos, uno de los teléfonos de la emisora suena y el locutor instantáneamente   contesta con el corazón en vilo:

  • Buenas noches…o buenos días… El alma en el cielo les escucha. –era el nombre del programa de música que se desarrollaba desde las once de la noche hasta la una de la madrugada del día siguiente. Pasados unos segundos, que se hacían eternos, una voz sensual de mujer joven, muy educada, se dejaba escuchar:
  • Buenas noches, queridos radioescuchas. Buenas noches, Martin de las Aguas. Aquí, con ustedes, siguiendo el dulce curso del alma en el cielo, con el corazón bien encendido.

Luego, de esta forma o de otra, pero casi siempre con el mismo tono íntimo y provocador, la mujer se despedía con voz tierna y dulce:

  • Feliz día y que el amor vibre siempre en vuestros senderos.

Desde que la mujer empezó a llamar sorpresivamente, la audiencia del programa fue creciendo. Al principio repicaban todos los teléfonos de la emisora, veinte, cincuenta personas llamando, hombres y mujeres saludando el suave mensaje de la mujer, hasta llegar a la congestión total de los teléfonos. ¿Cuántas persona llamaban al mismo tiempo? Era imposible calcularlo, pero las encuestas daban una idea para imaginar la cantidad de llamadas que entraban a la vez: el programa, de tres mil oyentes pasó en menos de un mes a sesenta mil, y en el otro  fueron doscientos mil, casi la mitad de la ciudad sintonizada a esa hora solo para escuchar a la mujer. Pero nadie de los que la escuchaban, ni siquiera el mismo locutor, se atrevía a interrumpirla o a preguntarle el nombre. Todos se limitaban a esperar que ella diera su dulce despedida, que no duraba sino unos pocos segundos.

Sin darse cuenta, a Martín de las Aguas poco a poco lo fue embargando una obsesión. La de querer escuchar todas las noches a la mujer desconocida. Su corazón vibraba y sin darse cuenta se enamoró locamente. Era un amor sublime y arrollador. A solas solía preguntarse, en voz alta en el estudio:

  • ¿Cuántos otros, cuántos otros estarán enamorados de ella?

Un día, segundos antes de colgar el auricular, aisló la llamada del público y le dijo aceleradamente a la mujer:

  • Perdone señora, señorita, es usted un ángel, ¿cómo se llama, por favor?

Ella hizo una pausa larga como si no estuviera en el teléfono, mientras Martín moría de angustia. Después de algunos minutos dijo con palabras lentas, hechizantes:

  • Señor, usted también lo es y, tranquilo, que pronto tendrá noticias mías.

Después colgó sin más explicación.

Esa noche todos los teléfonos repicaron y luego se congestionaron. Cuando terminó el programa, el locutor, ya en su cama, intentó dormir  pero no pudo. Daba vueltas en el lecho, se levantaba, corría las cortinas de las ventanas, que daban a la calle, a ver si veía a alguien. Tomaba el celular en espera de que la mujer lo llamara, pero no había señales suyas.

Ese día esperó con ansiedad el inicio del programa. Llegó una hora antes de las once de la noche. El portero del viejo edificio donde funcionaba la emisora lo esperaba con un sobre en la mano:

  • Mire, señor, aquí le dejaron.

Tomó el sobre y de inmediato preguntó:

  • ¿Quién lo dejó?
  • El muchacho de la agencia de correos.

Se fue a su oficina privada, se sentó en su escritorio y abrió el sobre con nerviosismo y el corazón agitado. Un grito salió de su boca al ver una foto femenina:

– ¡Mamá mía, qué bella!

En la fotografía aparecía una mujer de rostro angelical, cabellos castaños, cejas grandes y encontradas, ojos color aceituna, boca carnosa y tez blanca. “¿Quién será?”, se preguntó. Le dio vuelta a la imagen y leyó: “Para mi ángel, de la mujer sin nombre” Instintivamente sintió que la canción Amor en el aire… que nació del aire… llegaba a sus oídos, y que la mujer desconocida le decía en su propia voz “Para mi ángel…de la mujer sin nombre”.

La alegría de Martín de las Aguas fue incomparable, una y varias veces se llevó la foto a los labios y la besó diciendo “¡Mamita! ¡Mamita mía!”

Esa noche, Martín empezó el programa con mucho más brío:

  • Amantes de las ondas hercianas, El alma en el cielo los saluda, para que vibren de puro amor con la música del corazón.

El tiempo transcurrió rápido y el hombre no se dio cuenta en qué momento fueron las doce de la noche. Dejó pasar unos dos, tres minutos y colocó el tema Amor en el aire, la canción sonó a sus oídos como una sinfonía. Se llevó la mano al bolsillo del pantalón y extrajo de la billetera la fotografía de la mujer y la miró fijamente. Terminó el tema y esta vez la llamada telefónica entró al instante:

  • Almas amorosas que habitan en el cielo, feliz noche para todos. Feliz noche, Martín de las Aguas.

A medida que la mujer hablaba, Martín miraba la fotografía. Sí, no había duda: esa voz era la de la mujer de la foto. Algo se lo ratificaba con gran fuerza. Encontró la voz muy parecida a ella:

  • Queridos oyentes, sigan en el aire, pletóricos de amor con el alma en el cielo.

Instantáneamente, la mujer colgó y sucedió igual que en los otros días: los teléfonos repicaron y luego se congestionaron hasta no sonar más. Martín quería ahora que el tiempo transcurriera más rápido, y los treinta minutos se le hicieron eternos. Por fin terminó el programa y salió para su apartamento. Al llegar, lo primero que hizo fue buscar un portarretrato y en él puso la fotografía. Buscó un sitio en la pared. Ensayó al frente del comedor, al frente de su escritorio en el estudio, al frente de su cama y a cada rato se llevaba la foto a los labios y la besaba. Al final se quedó dormido con la foto sobre el pecho.

Se levantó muy temprano. Se bañó y no hubo más tiempo en el día sino para mirar y besar la foto de la mujer desconocida, y esperar la cita de la noche.

Como el día anterior, llegó a la emisora una hora antes del inicio del programa. El portero lo recibió con un saludo muy cordial y le hizo entrega de un paquetico rotulado a su nombre. Otra vez hizo la misma pregunta del día anterior:

-¿Quién lo trajo?

– El muchacho del correo –respondió el portero del edificio.

Con sumo cuidado transportó el paquete a su oficina privada. Lo observó detenidamente. Venía en una bolsa plástica transparente, envuelto en un papel de regalo  adornado con infinidades de Cupido brotando entre flores. Se preguntó “¿Qué será?”- Procedió a descubrir su interior. Con delicadeza sacó el paquete de la bolsa plástica, le despegó las cintas adhesivas que lo sellaban, lo abrió y a sus ojos apareció una tela bien doblada de color rosado. Lentamente la desdobló   y ¡ah sorpresa!: era un panty de mujer, en tela fina, que tenía escrito en la parte posterior, en tinta verde refulgente: ES MÍO. PARA TI, ÁNGEL. No pensó en nada más y sintió que todas sus  hormonas  masculinas se concentraban sin saber en qué parte y lo atacaban para que se lanzara a la más grande batalla de amor. Como un animal irracional se llevó la prenda a la cara y la absorbió con la nariz, con la boca. El olor a mujer amada penetró por todos sus poros. Le parecía olor a durazno maduro, a sándalo, a rosas. Tantos olores se le asociaban. Pensaba que ese interior era la piel tersa de la propia mujer desconocida. El corazón estaba a punto de estallar y su voz no cesaba de repetir una y otra vez “amor…amor…ángel…¡qué bella eres!… ¡cómo te amo!”

El tiempo pasó rápido para el locutor. En la cabina llegó el momento de poner la canción que servía de señal para que la mujer llamara. A medida que pasaba la canción él apretaba el panty en sus manos. Terminó el tema y esperó que se escuchara la voz .Efectivamente, la mujer llamó y su voz se escuchó limpia, amorosa, sensual como nunca antes:

– Con el alma en el cielo, amados radioescuchas…si tienes a tu otra parte y está distante o cerca, piensa que su olor a durazno, a guayaba, a fresa, te aprisiona.

El hombre se llevó la prenda a la nariz y la absorbió con pasión arrasadora. La mujer siguió diciendo:

  • El amor puro huele a rico. Aprendamos a distinguir el delicioso olor de la pareja…buenas noches, Amor en el aire… − dijo y entonó los primeros versos de la canción con una voz tan insinuante y dulce, que, al terminar, un silencio sepulcral se apoderó de la emisora.

Fueron tres, cuatro, cinco minutos, no se sabe. Era como si el mundo hubiera quedado hechizado con sus palabras.

Luego, todos los teléfonos repicaron al mismo tiempo y después enmudecieron,  congestionados. ¿Cuántas llamadas entraron? Veinte mil, cincuenta mil o tal vez más. Todos estaban hechizados con la voz de la mujer. Como la noche pasada, después todo fue rápido y el programa finalizó sin tropiezos. Martín de las Aguas envolvió la prenda en el papel,  en la bolsa plástica, y la metió en su bolsillo.

Apenas llegó al apartamento buscó el retrato de la dama desconocida que colgaba de una pared al frente de su cama. Lo bajó y lo besó. Metió la mano al bolsillo, sacó el paquetico, abrió la bolsa y el papel. Sorprendido, encontró en una esquina del papel, en su parte interna, la siguiente leyenda: “Ángel, nos vemos mañana a las cinco de la tarde en la tienda Juan Valdés de la calle setenta y dos. Voy toda de blanco. Tu ángel”.

El hombre, rebosante de alegría dijo:

– ¡Al fin…al fin te voy a conocer, amor, y casi que no me doy cuenta del mensaje!

La noche transcurrió sin alteraciones. Martín durmió plácidamente con el panty sobre la cara. Las horas pasaron velozmente y en un abrir y cerrar de ojos fueron las cuatro de la tarde. Con agilidad, se arregló y arrancó para la tienda Juan Valdés. Llegó al café a las cinco en punto. Se paró en la entrada, con el fin de poder detallar mejor a los que ingresaban. Mientras tanto, sostenía la fotografía en la mano. Miraba y remiraba a todas las que llegaban, no le importaba el color de la ropa, simplemente buscaba el parecido con la fotografía. Pasaron las cinco y cuarto, las cinco y media y nada. Se dijo “No vino…no vino. ¡Ah no! ¿Qué veo?”

De repente entró un hombre afeminado, de melena larga, tez clara, vestido por completo de blanco. Martín se dijo “¡Un marica…es un marica…no… no…lo que yo quiero es una mujer!”

El hombre se sentó cerca de él y lo miró detenidamente, con cierto coqueteo. Indignado, el locutor se puso de pie. Tuvo la tentación de abordarlo y preguntarle si conocía a la mujer de la foto. Pero no, mejor decidió marcharse, preguntándose una y varias veces “¿será que es un marica? No puede ser…¡ah suerte la mía!” Se reprochaba su ingenuidad al creer tan fácil todo aquello. Pensó con rabia “¡Soy un estúpido!” De repente le llegó a la cabeza la figura del portero. De inmediato imaginó “Sí, debe ser una pantomima del portero del edificio con ese marica… ¡qué estúpido he sido!”

Llegó a la emisora bien confundido, no dijo nada al vigilante del edificio pero le lanzó una mirada inquisidora. Se encerró en su oficina privada hasta la hora en que empezaría el programa. Faltando escasos minutos para las cinco salió y el encargado de los controles le dijo que tenía una llamada. Corrió al teléfono y, asombrado, escuchó la voz de la mujer desconocida:

  • Hola, ángel. Perdona, pero no pude ir. Mañana, sin falta, nos vemos en el mismo sitio.

El hombre sintió que el alma le volvía al cuerpo y el corazón le vibró con más fuerza.

A los pocos minutos inició el programa y muy pronto fueron las doce de la noche. A las doce y tres minutos puso  la canción Amor en el aire. Terminó el tema. Pasaron dos minutos, tres, diez y un inmenso silencio cubrió todo el espacio. A los quince minutos, los teléfonos repicaron al mismo tiempo y después quedaron en silencio. Nuevamente se habían congestionado por la gran cantidad de llamadas. La mujer no llamó, y no sólo Martín quedó angustiado por su silencio, sino también los miles y miles de escuchas que todas las noches se congregaban a sentir su bella voz. Afanado, el hombre se preguntó “¿Dios mío, qué le pasará?” Estaba seguro de que esa pregunta se la hacían todos los que esa noche desde distintos rincones esperaban vibrar con su voz. Adolorido, no quiso seguir el programa y a las doce y treinta minutos, suspendió la transmisión y se fue a dormir.

Lleno de nostalgia hizo la misma operación de las otras noches: descolgó la foto de la pared,  tomó entre sus manos el panty y besó la foto reiteradas veces. Con la prenda entre las narices se quedó profundamente dormido hasta las horas de la mañana, cuando lo despertó un torrencial aguacero. Todo el tiempo estuvo lloviendo hasta las horas de la tarde. Apenas se calmó la lluvia, salió rumbo al café. Llegó unos minutos antes de la hora acordada. Se sentó en el mismo sitio con la fotografía de la mujer en la mano. Pidió un café y lo empezó a consumir sorbo a sorbo, mirando los rostros de las que entraban, comparándolas con la fotografía. Miró su reloj de pulsera. eran las cinco en punto. Siguió embelesado por la foto de la mujer, con la mirada abajo. Instintivamente, se puso de pies, levantó la mirada y frente a él estaba una joven de tiernos ojos color aceituna, cejas grandes y encontradas, boca carnosa, tez rosada y toda vestida de blanco. Era el hábito de una monja. Sin mediar palabras, las dos bocas se buscaron y se fundieron en un beso apasionado que sumió todo el sitio en silencio. Quedamente, ella dijo “he sido fiel a Dios, pero ahora también te amo a ti”.

La pareja abandonó el café, sin antes dejar de escuchar un estruendoso aplauso de los clientes, que contemplaron la llamativa escena de amor y de pies aplaudieron a rabiar. La voz de un abuelo, ebrio de asombro, se hizo escuchar:

  • ¡Que viva el amor, no joda!
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