DARÍO REBELIÓN EN LA LENGUA

Obra de arte precolombina en oro, del Museo del Oro de Bogotá


Obra de arte precolombina en oro, del Museo del Oro de Bogotá

La revolución que inició Rubén Darío en 1888 con Azul en la lengua española, ya se había anunciado 396 años atrás, cuando el conquistador español de nuestra América sintió que en sus ojos irrumpía un mundo diferente, de flora, fauna, humanidad y un vibrar de la vida nuevo, extraño a su tradicional concepción. Ello fue registrado en las cartas de Colón y demás compañeros de aventura, dando inicio a una nueva literatura.

Pero por esas paradojas de la vida, la revolución que llegaría a la lengua 396 años después no venia cargada de dialectos y mitologías de nuestros ancestros, sino de los paisajes de la monarquía europea, con sus cisnes, castillos, princesas y con lo mejor de las absorciones de la cultura Greco-Romana.

“Los de Castilla no eran navegantes, sus letras tenían punto de partida distinto al de los latinos” Nos dice el escritor colombiano Germán Arciniegas, quien nos caracteriza magistralmente el estado en que estaba la lengua española en ese entonces:

“Virgilio, en la Eneida, recibe el impulso poético en el viento del mar. Como en su canto hay sabor de mar, en los romanceros de Castilla hay sabor de tierra, guerras de infantes, lances de señores feudales, mujeres bien guardadas en castillos de piedras, aventuras de hidalgos y peones, dan a los libros de España un fondo de tapicería muy castellano, muy de una Europa interior, como si España no fuera península, sino provincia de Europa tierra adentro. Quizás de allí la tendencia de presentar a Castilla como personificación de la nación entera. España aparece en el mapa espiritual del común de las gentes como un solar-Castilla-con su idioma levantado y rotundo. Las provincias marítimas en torno, forman una algarabía de idiomas y dialectos extraños: el árabe, el catalán, el vascuence, el portugués, el gallego. La lengua oficial de España es la interior, la de Castilla”.

Es así como el Castellano, con la conquista de América, se hace una lengua navegante, y en el habla y en la escritura, la palabra va adquiriendo nuevos giros, luz y color. Estoy plenamente de acuerdo con Arciniegas cuando afirma que este fenómeno tiene consecuencias y proyecciones más vastas que las que hasta hoy le han concedido.

El tiempo y los movimientos de independencia que se operaron en América, prepararon el terreno para la revolución de Darío, que sería la más grande acción renovadora de la lengua, desde la poesía española, en los últimos mil años.

Ninguno de los que renovaron la lengua desde la poesía en España, tiene la originalidad, la profundidad, la libertad creadora y la influencia que ejerció Darío. Su movimiento, el modernismo, que es la primera escuela y movimiento en la literatura española, la que siempre fue renuente a este tipo de fenómenos, hasta el punto de que algunos llegan a sostener que ni en el siglo de oro, donde más afinidades existían, se miró bien a las escuelas.

Ninguno de los grandes renovadores de la poesía española, sin desconocer sus contribuciones y belleza de su arte, puede igualar a Darío. Ni Juan Boscan, Garcilazo, Góngora y Quevedo -en España- y acá en América los de las vanguardias: Vallejo, Buidobro, Lugones, Neruda o Borges.

Mas allá de las formas, de todas las métricas, rimas y ritmos que puso Darío en ejercicio, está su esencia poética, la cual hubiera sido la misma con o sin esos ejercicios, porque él en su condición innata de poeta, con la sensibilidad americana, absorbió todo lo que la poesía española le pudo brindar, la cultura grecorromana, y los movimientos poéticos franceses, desde el parnasianismo, el romanticismo, el decadentismo, hasta el simbolismo, para forjar una sustancia poética universal, cosmopolita y moderna.

Son muchos los poemas de Darío que sustentan este criterio, pero quiero aquí referirme así sea brevemente a este:

METEMPSICOSIS

Yo fui un soldado que durmió en el lecho
de Cleopatra la reina. Su blancura
y su mirada astral y omnipotente.
Eso fue todo.

¡Oh mirada ! ¡ oh blancura y oh aquel lecho
en que estaba radiante la blancura!
¡Oh la rosa marmórea omnipotente!
Eso fue todo.

Y crujió su espinazo por mi brazo;
y yo, liberto, hice olvidar a Antonio.
(¡Oh el lecho y la mirada y la blancura!)
Eso fue todo.

Yo, Rufo Galo, fui soldado, y sangre
tuve de Galia, y la imperial becerra
me dio un minuto audaz de su capricho.
Eso fue todo.

¿Por qué en aquel espasmo las tenazas
de mis dedos de bronce no apretaron
el cuello de la blanca reina en broma?
Eso fue todo.

Yo fui llevado a Egipto. La cadena
tuve al pescuezo. Fui comido un
día por los perros. Mi nombre, Rufo Galo.
Eso fue todo.

Es un poema que no tiene comparación en la lengua española y en la literatura universal. Es como si el alma de Shakespeare, moviera el ritmo de Darío para hacerle escribir unas de sus tragedias, desde el ángulo estricto de la poesía. Shakespeare necesitaría varias paginas para escribir la tragedia, a Darío le fueron suficiente unas cuantas líneas con una precisión verbal, una música y un manejo del tiempo únicos, que le permite ser Rufo Galo. El nombre del poema Metempsicosis es muy sugerente, hace alusión a un término griego que significa la transmigración del alma de un cuerpo a otro, posterior a la muerte. Cuántos personajes están encarnados en este poema, cuántos tiempos, cuántas historias del poder. No puedo evitar al leerlo recordar aquel poema de Cesar Vallejo PIEDRA NEGRA SOBRE UNA PIEDRA BLANCA, donde él predice su muerte, la cual se dio así como lo plantea el poema: “ /Me moriré en París con aguacero, / un día del cual tengo el recuerdo/ Me moriré en París-y no me corro-/ Tal vez un jueves como es hoy de otoño /”. Lo cual me hace intuir que Cesar Vallejo, igual que Darío al escribir este texto, deambulaba por las mismas coordenadas, y que Vallejo se inspiró en Darío.

Es indudable que en la lectura de Rubén Darío han pesado- allá en España- las ínfulas colonialistas, y acá los prejuicios subdesarrollistas, que no han permitido ubicar su trascendencia universal. Muchas de estas lecturas van sólo hasta considerarlo el mejor poeta de América, o un poeta importante en la lengua, pero pocos le dan su dimensión universal, y su vigencia que cada día será más creciente.

Es lamentable que la Academia de la lengua española no llegara a hacerlo miembro, así haya sido exaltado por dos de sus integrantes.

Es claro que en España por mucho tiempo pesó el concepto de Ortega y Pedro Salinas, que entre sus devaneos intelectuales, llegaron a considerar el modernismo como una desviación de la tradición española, el primero señalándolo como un error, reprochaba a los poetas del modernismo su indiferencia al medio y a las circunstancias española; su narcisismo, “reimitar lo peor de la tramoya romántica” su decadentismo, atender únicamente a la belleza sonora de las palabras. El segundo lo calificaba de “desviación” exótica, como una ruptura de cierta línea de tradición poética española. Siendo que el mismo Salinas había confesado públicamente la deuda contraída por el con el modernismo al declarar que su forma estrófica habitual le había sido sugerida por la del Canto a la Argentina de Dario. Ahora habría que ver a que tradición se refiere ya que la poesía viva, llevaba casi cuatro siglos de adormecimiento y sólo con Bécquer encontró un aire nuevo.

Sin embargo la obra de Darío fue celebrada en España por Juan Valera, Eduardo de la Barrera de la academia de la lengua en sus inicio y por Enríquez Urueña. Posteriormente logra Darío integrar a sus ímpetus renovadores a los poetas españoles: Valle Inclán, los dos Machado, Juan Ramón Jiménez, Villa Espesa y Carrere.

De todos los intelectuales y poetas españoles es Juan Ramón Jiménez el que logra dimensionar la vigencia de Darío y su permanencia en el tiempo, hasta el punto de llega a sugerirle a Guillermo de Torre, que escribiera un libro sobre el ultraísmo visto como origen y clave de toda la poesía subsiguiente al modernismo. Recordemos que el ultraísmo es una reacción contra el modernismo, y muchos de sus integrantes habían pasado por él, y Juan Ramón Jiménez fue también uno de sus lideres, pero nunca él perdió de vista todo el significado del modernismo-simbolismo, como solía llamarlo, en la poesía del siglo XX.

Lástima que la muerte sorprendió a Juan Ramón Jiménez y no logró escribir el libro soñado sobre el modernismo, del cual se han difundido algunas de sus conferencias en la Universidad de Puerto Rico donde era profesor, pero no constituyen el libro que el había querido.

En América muchos que fueron abanderados del ultraísmo, después de la muerte de Darío terminaron reconociendo su papel, como Jorge Luis Borges, en sus palabras en el Segundo Congreso Latinoamericano de escritores: “Todo lo renovó Darío: la materia, el vocabulario, la métrica, la magia peculiar de ciertas palabras, la sensibilidad del poeta y de sus lectores. Su labor no ha cesado y no cesara; quienes alguna vez lo combatimos, comprendemos hoy que lo continuamos. Lo podemos llamar el Libertador” (Publicado en El Despertar Americano, México, mayo de 1967)

Ahora que nos aprestamos a celebrar el natalicio 142 de Darío el próximo 18 de enero, y preparamos un homenaje a sus memoria con un libro, ahora que tengo mucho más claro que es uno de los grandes poetas universales y somos la continuación de su revolución, quiero recordar de sus PALABRAS LIMINARES: “Yo no tengo literatura “mia” –como lo ha manifestado una magistral autoridad–, para marcar el rumbo de los demás: mi literatura es mía en mi;–quien siga servilmente mis huellas perderá su tesoro personal y, paje o esclavo, no podra ocultar sello o librea. Wagner a Augusta Holmes, su discípula, dijo un día: “Lo primero, no imitar a nadie, y sobre todo a mi”.
Gran decir.”

Mario Ramón Mendoza

Barranquilla, enero 14 de 2009

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