Azul verde…verde azul

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Este libro  es un homenaje internacional a Rubén Darío,  será otro que motivará la campaña por la escritura y lectura de TIERRAMUTANTE. Es el primer libro en la historia de la literatura universal leído por los que lo escribieron en la internet, por You Tube. Aquí uno de los escritos que sirvió de impulso a su elaboración y que sale en la primera parte, son dos libros en uno: Azul verde, recoge los poemas dedicados a Dario, Verde azul, contiene las artes poéticas.

Darío refunda a París

“El poeta se ha hecho bohemio, y hoy vive en la vieja Lutecia, en ese París que aspira a ser el cerebro del mundo porque es su corazón. Ahí está le reconozco a pesar de su metamorfosis”. Eduardo de la Barra.

En 1893 Félix Rubén García Darío Sarmiento Darío – Rubén Darío – llega a París de la mano de Enrique Gómez Carrillo, para reafirmar su condición de líder y fundador del modernismo y que su escuela es la más grande acción renovadora de la poesía en el contexto mundial. Ya había salido Azul (1888) y a propósito ha dicho en el prólogo Juan Valera: “Extraordinaria ha sido mi sorpresa cuando he sabido que usted según me aseguran sujetos bien informados, no ha salido de Nicaragua sino para ir a Chile, en donde reside desde hace dos años, a lo más. ¿Cómo sin el influjo del medio ambiente, ha podido usted asimilar todos los elementos del espíritu francés, si bien conservando española la forma que aúna y organiza estos elementos, convirtiéndolo en sustancia propia?”

“Leídas las páginas de Azul…lo primero que se nota es que está usted saturado de toda la más flameante literatura francesa. Hugo, Lamartine, Musset, Baudelaire, Leconte de Lisle, Gautier, Bourget, Sully Proudhomme, Daudet, Zola, Barbey d´ Aurevilly, Catulo Mendes, Rollinat,Goncourt, Flaubert y todos los demás poetas y novelistas han sido por usted bien estudiados y mejor comprendidos. Y usted no imita a ninguno: ni es usted romántico ni naturalista, ni neurótico, ni decadente, ni simbólico, ni parnasiano. Usted lo ha revuelto todo lo ha puesto a cocer en el alambique de su cerebro, y ha sacado de ello una rara quinta esencia.”

En 1893 Rubén Darío inició sus ejercicios de necrología en el periódico La Nación de Buenos Aires, por donde discurrirían los perfiles de hombres destacados de las letras y el pensamiento a la hora de morir. En París fue a conocer a Paúl Verlaine quien le había deslumbrado y se constituiría en una de sus figuras cimeras y quien debería ser el poeta más renovador de la lengua francesa. Verlaine estaba en un hospital en una de sus tantas caídas hacia la muerte. En 1884 había publicado su manifiesto en un ensayo denominado “Los Poetas Malditos”, sobre seis poetas donde él es uno llamándose Pobre Lelian. Le acompañan: Tristian Corbiere, Arthur Rimbaud, Stephane Mallarme, Marceline Desbordes-Valmore, y Villiers de L´isie Adam.

Tres años después de este encuentro Verlaine moriría. En la necrología que redacta Darío entre otras cosas dice: “ Verlaine fue un hijo desdichado de Adán, en el que la herencia paterna apareció con mayor fuerza que en los demás. De los tres enemigos, quien menos mal le hizo fue el mundo. El demonio le atacaba; se defendía de él, como podía, con el escudo de la plegaria. La carne sí, fe invencible e implacable. Raras veces ha mordido cerebro humano con mas furia y ponzoña la serpiente del sexo, su cuerpo era la lira del pecado. Era un eterno prisionero del deseo. Al andar hubiera podido buscarse en su huella lo hendido del pie. Se extraña uno no ver sobre su frente los dos cuernecillos, puesto que en sus ojos podían verse pasar aun las visiones de la blancas ninfas, y en sus labios, antiguos conocidos de la flauta, solía aparecer el rictus del egipán. Como el sátiro de Hugo, hubiera dicho a la desnuda Venus, en el resplandor del monte sagrado: “¡Viena Nous en…! Y ese carnal pagano aumentaba su lujuria primitiva y natural a medida que acrecienta su concepción católica de la culpa”.

He aquí una muestra de la distancia que toma Darío de Verlaine, en una crítica apasionada y parcial, cuestión que se puede apreciar mejor en el conjunto de la obra Los Raros de su autoría, que precisamente salió en ese año que muere Verlaine (1896), recogiendo veintiuna crónicas o perfiles que habían sido publicadas en La Nación de Buenos Aires, entre las cuales se destacan quince de autores en lengua francesa y solo dos cubanos, son de lengua española (José Martí y Augusto De Armas), constituyendo la médula del libro una valoración del simbolismo francés . Todos los reseñados son rebeldes, subversivos, inadaptados, que se apartaban de los modelos tradicionales. En ese inventario de voces que debería llevarnos a un aire fresco para la poseía y el lenguaje, Darío muestra sus cualidades de lo que debe ser una crítica de nuevo tipo.

Rubén Darío llega a París con muchos sueños, como la ciudad que le permitiría ejercer su visión del papel del poeta en la sociedad, pero poco a poco entre idas y venidas, con los años la ilusión se va desvaneciendo, como lo manifiesta en algunas de sus crónicas: “Llegue a París con todas las ilusiones, con todos los entusiasmos. Mi deseo era poder oír de cerca la palabra de los maestros, intimar con los nuevos escritores, aprender, sentir al lado de ellos el fuego secreto, la misteriosa llama que hace pensar y realizar tan bellas cosas. Recibir lecciones de consagración, de fidelidad a un ideal, a un alto objeto moral, a un culto artístico y humano. Desde lejos, el miraje era ciertamente encantador. Llegué, vi., quede desconcertado. El arte, la literatura ha sufrido la esclavitud de todas las demás disciplinas: el industrialismo. El objeto principal, si no el único, es ganar dinero, más dinero, todo el dinero que se pueda.”

En 1904 su desencanto es más grande: “Un soplo de ultra modernismo y de americanismo del norte de yanquísmo ha invadido el sacro recinto que antes protegían el orgulloso Panteón y la venerable Sorbona”. En su poesía se hace vivo como en su epístola a la señora de Lugones :

“Y me volví a París. Me volví al enemigo

Terrible, centro de la neurosis ombligo

De la locura, foco de todo surmenage

Donde hago buenamente mi papel de sauvage

Encerrado en mi celda de rue Marivaux,

Confiando sólo en mí y resguardando el yo.

¡Y si lo resguardara señora, si no fuera

Lo que llaman los parisienses una pera!

A mi rincón me llegan a buscar las intrigas,

Las pequeñas miserias, las traiciones amigas,

Y las ingratitudes. Mi maldita visión

Sentimental del mundo me aprieta el corazón.

Y así cualquier tunante me explotará a su gusto.

Soy así. Se me puede burlar con calma. Es justo.

Por eso los astutos, los listos, dicen que

No conozco el valor del dinero !Lo sé!

Que ando nefelibata, por las nubes… entiendo.

Que no soy hombre práctico en la vida….¡ Estupendo!

Sí, lo confieso: soy inútil. No trabajo”.

Los Raros constituyen para la vida literaria de París un hecho incomparable, ya que desde el presente Darío aborda una de las expresiones más avanzadas de la poesía francesa – el simbolismo- a través de sus artífices, con la solidaridad y la pasión del artista que hace causa común con sus hermanos que una sociedad injusta los desconoce, llevándolos a veces a la más cruel de las degradaciones humanas.

París es la capital de fines del siglo XIX, de una Francia que ha sido cuna de muchos movimientos intelectuales y literarios, y con el amplio movimiento de Darío y su obra Los Raros adquiere una nueva trascendencia la cual nos la dice el profesor peruano Jorge Ortega: “París en Los Raros ha dejado de ser meca final y se ha convertido en nostalgia latinoamericana desmentida por el monologo francés. Los Raros son un París extranjero, el documento fundador de otra ciudad abierta por el foro literario”

Darío siempre sostuvo que los cambios en la literatura francesa llegaban casi siempre desde otras lenguas y hoy ese inventario estamos obligados a hacerlo, siendo más rigurosos en cuanto al estudio del aporte de América, recordemos que el parnasianismo tuvo en el cubano José María de Heredia uno de sus gestores, el peruano Roca Vergalo, fue precursor del simbolismo y unos de los iniciadores del verso libre , y en los tiempos modernos está por establecer la profunda incidencia de Darío en relación con las vanguardias.

Al leer Los Raros y otras creaciones de Darío, de fines de siglos XIX comprendo que su obra en gran parte desarrolló lo que los manifiestos de las vanguardias proclamaban.

Un caso para mencionar es el llamado futurismo, cuyo primer manifiesto data del año 1905, que hizo de la modernidad y el maquinismo un mito, donde el futuro murió en un presente absoluto. Darío que dialogaba en el presente con los simbolistas franceses, con los poetas de América y España, buscando la novedad sin apostar a la eternidad, escribe para el futuro, como cuando traza el perfil de Antonio Machado y Juan Ramón Jiménez, siendo ellos unos iniciados, haciendo un ejercicio de clarividencia que resultó preciso, o cuando anuncia en una de sus crónicas: “Por el lado del norte está el peligro. Por el lado del norte es por donde anida el águila hostil. Desconfiemos, hermanos de América, desconfiemos de esos hombres de ojos azules que no nos hablan sino cuando tienen la trampa puesta. El país monstruoso y babilónico no nos quiere bien”.

Al hablar en Los Raros en el caso del dramaturgo noruego Ibsen pinta su manifiesto de época, de gran humanismo y espiritualidad: “El comprendió el duro mecanismo: y el peligro de tanta rueda dentada: y el error de la dirección de la máquina: y la perfidia de los capataces y la universal degradación de la especie…oyó la voz de los pueblos. Su espíritu salió de su restringido círculo nacional: cantó las luchas extranjeras…sus compatriotas no lo conocieron: hubo para él eso sí, piedras, sátira, envidia, egoísmo, estupidez: su patria, como todas las patrias, fue una espesa comadre que dio de escobazos a su profeta”.

Con este breve balance final no me queda duda de que Rubén Darío practicó otra forma de futurismo, otra forma de vanguardia, con una poesía y una literatura moderna, donde siempre busco la novedad sin condenar el pasado y asomándose al futuro. Contra el fracaso del futurismo, la moderna poesía y literatura de Darío se convierte en humanismo de actualidad, lo cual nos llama a mirar mucho más allá de su recorrido con el fin de alimentar las nuevas tendencias de la poesía y la literatura latinoamericana.

Quiero terminar esta parte con dos textos, que ilustran un poco lo que he sostenido acá, hacia el homenaje que le brindaremos a Rubén Darío, y que sirva de ejemplo de lo que nos estamos proponiendo:

ARTE POÉTICA (1885)

La música ante todo preferimos,

por eso mismo el verso imparisílabo

que es más vago y soluble y que no tiene

ningún peso ni pose que lo tiente.

 

Y no olvides tampoco el elegir

palabras que se presten al equívoco:

quedémonos con una canción gris,

que junta lo más claro a lo indeciso.

 

¡Lo que buscamos siempre es el matiz,

solo el matiz y nada de color!

Sólo el matiz hermana sin herir

sueño con sueño, flauta y bronco son.

 

¡Retuércele el pescuezo a la elocuencia!

Y no estará de más, con mano dura,

poner coto a la rima: si la sueltas

nadie sabe hasta donde nos empuja.

 

¡La música ante todo, siempre música!

sea tu verso ese algo volandero

que sentimos huir de un alma en busca

de distintos amores y otros cielos.

 

Sea tu verso anuncio de ventura

en el crispado viento matutino

Perfumado de menta y tomillo…

Y lo demás es ya literatura.

 

PAUL VERLAINE

……………………………………..

 

RESPONSO A VERLAINE

 

Padre y maestro mágico, liróforo celeste

que al instrumento olímpico y a la siringa agreste

diste tu acento encantador;

¡Panida! Pan tú mismo, con coros condujiste

hacia el propíleo sacro que amaba tu alma triste,

¡al son del sistro y del tambor!

Que tu sepulcro cubra de flores Primavera,

que se humedezca el áspero hocico de la fiera

de amor si pasa por allí;

que el fúnebre recinto visite Pan bicorne;

que de sangrientas rosas el fresco abril te adorne

y de claveles de rubí.

Que si posarse quiere sobre la tumba el cuervo,

ahuyenten la negrura del pájaro protervo

el dulce canto de cristal

que Filomela vierta sobre tus tristes huesos,

o la armonía dulce de risas y de besos

de culto oculto y florestal.

Que púberes canéforas te ofrenden el acanto,

que sobre tu sepulcro no se derrame el llanto,

sino rocío, vino, miel:

que el pámpano allí brote, las flores de Citeres,

¡y que se escuchen vagos suspiros de mujeres

bajo un simbólico laurel!

Que si un pastor su pífano bajo el frescor del haya,

en amorosos días, como en Virgilio, ensaya,

tu nombre ponga en la canción;

y que la virgen náyade, cuando ese nombre escuche

con ansias y temores entre las linfas luche,

llena de miedo y de pasión.

De noche, en la montaña, en la negra montaña

de las Visiones, pase gigante sombra extraña,

sombra de un Sátiro espectral;

que ella al centauro adusto con su grandeza asuste;

de una extrahumana flauta la melodía ajuste

a la armonía sideral.

Y huya el tropel equino por la montaña vasta;

tu rostro de ultratumba bañe la Luna casta

de compasiva y blanca luz;

y el Sátiro contemple sobre un lejano monte

una cruz que se eleve cubriendo el horizonte

¡y un resplandor sobre la cruz!

RUBÉN DARÍO

 

 

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